| José Miguel de Angulo. |
En esa etapa, entre cero y dos años, se construye la arquitectura del cerebro humano y se fijan las bases para lo que será la vida adulta. Los Estados podrían ahorrar ingentes cantidades de dinero en hospitales, programas contra la violencia, cárceles y sistemas policiales represivos si tomaran la decisión de invertir más y mejor en la infancia temprana. El médico José Miguel de Angulo, especialista colombiano en desarrollo de la infancia, aclara conceptos y lanza alertas en este ámbito.
Su propuesta sobre la necesidad de invertir tempranamente en la niñez contiene sobre todo fundamentos médicos. ¿Cómo se relaciona con la dimensión social del problema de la primera infancia?
Es cierto, hay un énfasis médico, pero estamos utilizando el lenguaje científico porque es necesario para explicar los fenómenos sociales que se están viviendo en el mundo actual.
El tema de la violencia doméstica, el crimen, la inseguridad en las calles, el pandillaje, la situación de los hospitales psiquiátricos, las patologías físicas y también las mentales, los problemas de un sistema judicial que colapsa en nuestros países, todo eso se puede explicar y entender sobre la base de los descubrimientos científicos y neurológicos en torno a lo que sucede en los niños en los primeros años de vida.
La experiencia en la gestación y los primeros años en el niño y la niña es lo que determina la arquitectura cerebral. Y esa arquitectura condiciona la capacidad de los niños para aprender, para relacionarse, para tener empatía con ciertas personas, y eso redunda después en la posibilidad de vivir con tolerancia y en democracia. Esa arquitectura condiciona las capacidades de aprendizaje, pero determina también los fracasos escolares, el abandono de la escuela, el pandillaje, la delincuencia, la actuación sin principios ni valores. Todo está altamente determinado por la experiencia de los primeros años.
Pero no es una relación mecánica, ¿o sí?
Hay una relación. Las conexiones entre neuronas se producen en base a los estímulos a través de personas significativas, a través del apego y el afecto. Los estímulos que el padre trae al cerebro del bebé, explicándole los colores, las formas, las plantas, los pájaros, y respondiendo a las necesidades orgánicas de ese niño, son lo que define la arquitectura cerebral, que es el elemento neurológico que queda construido, tal como la arquitectura de un edificio. Y eso no se modifica fácilmente a lo largo de la vida.
Obviamente, hay plasticidad en el cerebro en momentos posteriores y existe posibilidad de resiliencia, pero el impacto no puede minimizarse. El impacto de lo que hacemos con los niños en los primeros años de vida tiene repercusiones cuatro o cinco décadas después.
¿En qué se manifiesta ese impacto a lo largo de la vida?
Gran cantidad de patologías orgánicas, cánceres, hipertensión e infartos, están relacionados claramente con lo que sucedió décadas atrás, mucho antes de que aparecieran los primeros síntomas de la enfermedad. Está demostrado que lo que sucede en los primeros años de vida decide qué tipo de patologías vamos a tener de adultos y podría decirse que, incluso, determina hasta de qué nos vamos a morir.
De modo similar, la problemática social está altamente decidida por lo que ocurre en los primeros años de vida de las personas. Es por eso que los gobiernos del mundo entero están masivamente migrando hacia un tema que hasta hace unos años era desconocido: la infancia temprana o primera infancia. Las investigaciones corroboran, una y otra vez, que lo que sucede con el cerebro en los primeros años de vida decide quiénes vamos a ser en el transcurso de nuestras existencias.
Considerando las posibilidades de resiliencia, ¿qué pueden hacer los países que no pusieron atención en sus generaciones anteriores y que, por ende, tienen ciudadanos “deficitarios” en este campo?
Lo primero que hay que hacer es tomar medidas de contención; hay que parar lo que estamos haciendo. Es necesario repensar nuestra forma de ver, entender y tratar a la niñez. Y comprender integralmente lo que son el embarazo y los primeros años. Además, debemos diseñar políticas públicas y sociales que protejan estos años iniciales.
Cuando a los jóvenes y los adultos se nos da la oportunidad de entender lo que pasó en nuestra primera infancia, ese comprender posibles experiencias de violencia –verbal, afectiva, física y hasta sexual– que marcaron profundamente nuestro cerebro, ese entendimiento nos abre puertas para la sanidad, para lograr resiliencia.
Por ejemplo, cuando los pandilleros reconocen que sus comportamientos son simplemente reacciones tras una infancia violenta y fracturada, cuando ellos ganan conciencia sobre eso, ganan control sobre sus vidas. Sin embargo, no es posible sanar en silencio.
La resiliencia no aparece por generación espontánea. Se requieren programas bien establecidos para que las personas adultas que tuvimos infancias fracturadas encontremos sanidad y oportunidad para disfrutar matrimonios distintos, diferentes, relaciones de afecto, cariño, respeto, buen trato, ternura con nuestros hijos y cónyuges, con los vecinos, con los compañeros de trabajo.
Muchos de los problemas en los espacios laborales y la poca productividad en ciertas empresas se deben, precisamente, a ambientes institucionales tóxicos, a la incapacidad de la gente de sostener buenas relaciones con los demás debido a sus carencias de afecto y apego en la niñez. Cuando las empresas invierten en los empleados y en cómo evitar actitudes agresivas y nocivas, ganan en productividad.
¿Cómo se le pide a un adulto que vivió una infancia fracturada que actúe en forma sana?
Hay muchas formas de hacerlo. Primero, tenemos derecho a entender y reasignar significados a nuestra historia. Eso debería hacerse especialmente con quienes vivieron una infancia con padres que no pudieron cuidar de ellos o fueron “disciplinados” con correas y varazos. Eso ya produjo un daño profundo en nuestro cerebro, pero tenemos derecho a procesar lo sucedido y encontrar la relación de ese episodio con nuestra vida actual. Eso ayudará a entender la relación con nuestros hijos, con los adolescentes. Siempre podemos darnos la oportunidad de encontrar espacios de sanidad.
Por otro lado, debemos saber que una de las cosas que más plasticidad cerebral trae para el cambio de comportamiento es, precisamente, el contacto con niñas y niños, especialmente cuando están en infancia temprana.
Cuando el adulto se acerca a un bebé no en una actitud “adultocéntrica” sino con humildad y decisión de conectarse, el cerebro de ese niño tiene una increíble capacidad de sincronizar con el cerebro del adulto y darle plasticidad. Ello generar una enorme capacidad de resiliencia para procesar nuestra infancia fracturada.
De allí que son tan importantes los programas de la infancia temprana, porque además permiten que ese papá y esa mamá no repitan historias de violencia y creen entornos de seguridad para el bebé. Así, ese niño se convierte en un agente transformador de la vida de sus padres y hasta les mejora la vida de pareja. Cuando los padres –varón y mujer– acceden a un buen programa que les facilita conectarse con el cerebro del niño, los resultados son increíbles. Antiguamente se creía que el cerebro del bebé llegaba vacío, ahora, las investigaciones científicas demuestran que el cerebro del bebé llega con una notable capacidad intrínseca de conectarse con el cerebro adulto para transferir empatía, solidaridad, respeto al otro, deseo de servicio.
Esos programas, ¿cuánto cuestan y quién los paga?
Pues, allí reside la importancia de las políticas públicas para revertir historias de violencia en nuestros países. Los padres con infancia violenta no pueden hacer lo mismo que sus padres hicieron con ellos.
Hay cosas que pueden aprenderse ensayando. Pero consideremos que las empresas no permiten que un trabajador aprenda el manejo de una máquina ensayando. Lo que se requiere es que ese empleado muestre credenciales de que sabe hacerlo.
En el mismo sentido, quien ingresa a la aventura de tener hijos debe saber que un bebé no es una carga sino un privilegio único e irrepetible. Para eso se requiere una capacitación que tiene un costo en psicólogos, educadores trabajadores sociales, terapeutas y otros profesionales.
Para tener grandes estatus sociales, los países nórdicos han sabido invertir en su niñez. Y aplican licencias de paternidad y maternidad de hasta un año porque saben que capacitando a ese papá y a esa mamá, dedicándole tiempo al bebé por un año, van a ahorrar millones de dólares en hospitales psiquiátricos, en cárceles, en aparatos policiales represivos para cuidar la seguridad ciudadana, millones en hospitales para curar patologías orgánicas y en todo el sistema judicial penal que colapsa.
Estamos llegando al punto de tener sociedades inmanejables por una serie de experiencias negativas en nuestros primeros años de vida. Llegamos a un mundo profundamente hostil que violenta los cerebros de los niños, con padres que asumen roles de control intrusivo que solo responden a los antojos del adulto. Muchos adultos no tienen idea de cómo comunicarse y entender los mensajes de los bebés.
¿Los países en vías de desarrollo, como los nuestros, están en condiciones de costear integralmente este tipo de políticas?
Tenemos dos opciones. La primera es fijarnos en el costo monetario tan grande que debemos pagar a la larga, cuando niños y niñas no reciben la atención debida en primera infancia. Por cada dólar que se invierte en la primera infancia, se reciben directamente 19 dólares de beneficio que pueden emplearse en programas sociales.
En Estados Unidos observaron que los niños que llegaban a la escuela desde sectores deprimidos enfrentaban una diferencia enorme, a lo largo de todo el período escolar, respecto a los niños de familias en condiciones adecuadas. No se podían siquiera acercar al rendimiento de los otros niños.
Entonces, los técnicos vieron que tratar de ayudar a esos niños en déficit en la etapa escolar era ya un esfuerzo tardío, estaban perdiendo el tiempo. Por lo tanto, optaron por un programa preescolar, para niños de 2 a 3 años, donde recibían intensa capacitación en las propias comunidades deprimidas, para que hicieran el trabajo de igualamiento con niños de comunidades acomodadas.
Hace 12 años empezó el programa Early Head Start, para niños de 0 a 3 años. Y han corroborado que donde se decide todo es en la primera infancia: allí se sabrá si tendremos ciudadanos exitosos o no. Si en ese territorio se pierde la batalla, el Estado tendrá que pagar después costos incalculables. No solo tendremos ciudadanos que no van a producir sino que serán “costosos” para la sociedad. Pero si se gana la batalla en los tres primeros años, hay altas probabilidades de ganarla en las demás etapas de la vida.
¿Qué otros aspectos revelaron esas investigaciones?
Lo más interesante en las investigaciones de los últimos diez años es el efecto reverso que produce un niño en mamás y papás que se ocupan de su cuidado. El efecto reverso es el efecto que deja el cerebro de ese bebé en la vida de sus padres. Es un efecto recíproco: el cerebro adulto, que trae plasticidad, se sana de los traumas que arrastra, mejora la calidad de vida de su familia, la vida en pareja mejora. Ese papá y esa mamá que pudieron estar apegados a sus hijos en los primeros meses de vida de su bebé, difícilmente podrán vivir el resto de sus vidas sin pensar en ese hijo todos los días, luchando y trabajando porque un proyecto de vida familiar. Ese será un papá quiere salir del trabajo lo antes posible porque sabe que quiere encontrarse con su hijo ya mismo.
Ese es uno de los resultados de estudios recientes sobre el apego y el vínculo. Antes se pensaba que era el adulto el que apegaba al niño y ahora se ha visto que no, que es al revés. Pero eso depende de que los padres estén dispuestos a dejarse enternecer. Ahí está la gran fuerza de transformación de nuestros países. Y eso no es exclusividad de la especie humana. Se da entre padres e hijos de todas las especies.
¿Qué ocurre en la etapa de gestación?
Cuando el niño nace, ya llega con apego o rechazo hacia el papá. En el desarrollo del bebé, toda la arquitectura cerebral se va desarrollando cada vez que hay liberaciones de hormonas en la madre; los neurotransmisores son compartidos por los dos cerebros: el de la madre y el del hijo. Si hay violencia, maltrato, agresión contra la madre, el bebé también percibe esos efectos.
Por el contario, si la mamá está desarrollando un proyecto de vida, si tiene una buena vida de familia y pareja, libera otro tipo de hormonas y neurotransmisores que producen gran placer en el niño.
El cerebro del niño nota que hay dos tipos de voces: de timbre alto y de timbre bajo. Rápidamente, a través de las voces, el bebé percibe el exterior. Los niños reciben todas las conversaciones de sus madres. Las voces graves producen estrés y las voces agudas hacen que la mamá esté contenta. Si el bebé está mamando, con voces agudas hay alegría, pero con voces graves hay ansiedad, temor, inseguridad. Peor si el marido es violento: si mamá tiene miedo y esa voz le causa angustia, cuando el niño nace también sentirá rechazo a esa voz.
Por eso, cuando el hombre conoce cómo se forma la arquitectura cerebral, cambia de actitud. Cuando los niños nacen, ya tienen relaciones de apego o rechazo hacia el padre. De allí que es crucial que el varón conozca este proceso.
Cuando hay apego en las primeras semanas, ese cuidado es mejor que cualquier programa posterior del Gobierno en la etapa de la infancia. El mejor cuidador de un niño es su propio padre.
Usted ha venido a Lima a disertar sobre la importancia de inversión pública en primera infancia. ¿Cómo piensa convencer a nuestros políticos?
Diciéndoles: Señores, estos daños son irreversibles en la vida adulta y la sociedad está pagando carísimo los problemas no atendidos en la primera infancia. Tomen opciones. Ustedes gastan millones y millones de dólares en más cárceles, más policías, más mecanismos de control, en hospitales y manicomios, en más médicos y enfermeras, en psicólogos y terapeutas. Una mínima parte de eso deberían destinarla a la inversión en primera infancia.
¿Qué porcentaje del presupuesto del país se debería destinar a la primera infancia?
Por ejemplo, los países nórdicos son los que más invierten en primera infancia y son los que tienen menos violencia, menos discriminación de género, donde las mujeres logran condiciones muy similares a los varones en la política, la producción y la cultura. Allá, los hombres pelean por su paternidad y por quedarse en casa al cuidado de sus hijos e hijas.
La infancia temprana tiene que ser una política de Estado. Incluso los sociólogos y economistas dicen que esta etapa es tan importante y tan elevado el retorno de invertir en la niñez que deberían crearse ministerios de Primera Infancia.
Cuando el Estado empiece a invertir en niñez, vamos a tener países totalmente diferentes. Necesitamos centros de apoyo a los padres. Es mucho más fácil invertir al principio que tratar de arreglar las cosas después, cuando ya todo está resquebrajado.
"Muchas veces se critica a las madres diciendo que son inhumanas porque se pasan de seis de la mañana a seis de la tarde en el trabajo, descuidando a los hijos. Allí, en realidad, la negligencia mayor es del Estado."
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