jueves, 4 de octubre de 2012

“La salud mental no es un problema de locos sino de comportamientos cotidianos”

Lourdes Febres.
Un estudio realizado en el año 2002 por la Asociación Americana de Psicología determinó que, al terminar la escuela primaria, un niño ha visto en televisión alrededor de 8,000 asesinatos y 10,000 actos violentos.
La violencia se respira en todas partes y se convierte en el recurso cotidiano para relacionarse con un entorno también agresivo. Días atrás, conversé con Lourdes Febres, coordinadora general de Acción por los Niños, para reflexionar sobre la situación de la infancia en relación con la violencia y la pobreza y sobre el papel del Estado en este ámbito. Aquí sus impresiones.

Los hechos de violencia extrema contra niños, incluso en el seno de la familia, son cada vez más frecuentes. ¿Qué está pasando?
Primero, ese tipo de situaciones no se deben tolerar. Es muy preocupante comprobar que la mayor parte de agresiones, violaciones y actos de vulneración de los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes son producto de situaciones dentro de la familia.
Es evidente que la sociedad de hoy, en general, expresa violencia en la familia, en la escuela, en el entorno. Y eso tiene que ver con la salud mental de las personas.
La salud mental de la población no es un problema de locos sino de comportamientos cotidianos que empezamos a asumir como normales. Por ejemplo, el gritar, el no comunicar adecuadamente una instrucción, el golpear, el dar un manotazo, el dar una patada, el poner cabe para que el otro se tropiece. Incluso cuando vemos estas manifestaciones en actividades deportivas, muchas veces las festejamos.

La escuela suele ser también un espacio violento…
En el ámbito del colegio, al niño se le enseña a competir desde muy pequeñito, pero en términos individualistas. El niño compite “contra otro”. Entonces, desde el ingreso a inicial vas a tener a padres muy preocupados, muy tensionados porque para conseguir una vacante tienen que competir con otras familias. Y el mensaje para el niño es que tiene que ser el primero y derrotar a todos, porque si no, no entra al colegio.
Ese mismo esquema se repite luego en el colegio. Los adultos y el modelo educativo hacen que a los niños se les mire como productos estandarizados. Queremos un niño que tenga determinadas características y eso lo promovemos en la escuela. ¿Y qué es lo que hacemos? Aquel que hace bien la tarea de matemáticas, aquel que es perfecto con la historia universal, en química, es premiado. A él lo estimulamos y lo ponemos en una situación de privilegio frente al conjunto. ¿Pero, qué pasa con el chico que tiene problemas de comprensión y que ni siquiera pudo hacer la tarea en casa? Inmediatamente lo desplazamos, lo dejamos de lado, le ponemos apelativos: “El flojo”, “el burro”, “el incumplido”.
Entonces, ¿qué estamos haciendo con ese niño, esa niña, o ese adolescente que tiene dificultades de aprendizaje? ¿Lo estamos estimulando o no? Simplemente premiamos al que está primero, lo cual refleja un afán de competencia e individualismo que se traduce en una serie de reacciones negativas.

¿Cuáles son las consecuencias?
Lógicamente, un niño que tiene una baja autoestima, no solo por la actitud del maestro sino también por la de sus compañeros, se siente mal. En realidad, así estamos generando situaciones de rebeldía de esos niños frente a un sistema que les es adverso.
Lo que debemos comprender es que un niño, desde que es concebido y nace, tiene sus propias cualidades. Y nosotros tenemos que empezar a reconocer esas habilidades tempranamente, para impulsarlas y hacer de nuestros niños personas con un grado de motivación y reflexión.

¿Por qué hemos llegado a este punto? ¿Qué factores intervienen en este proceso?
Puede haber muchos factores. Si tú ves, las situaciones de violencia vienen de atrás y no solo de este último tiempo. Si bien ahora las notamos más, es porque hoy son más evidentes, se han agudizado.
Quizás los medios de comunicación –o algunos programas que vemos cotidianamente– hacen que niños, niñas y adolescentes sean ahora más violentos.
Sin embargo, creo que uno de los problemas fundamentales es que las personas no sabemos respetar los derechos de los demás. Y el no respetar el derecho del otro significa que estoy violentando sus derechos. Lamentablemente, mucha gente termina pensando que violentar el derecho del otro es algo común y normal.

¿La pobreza explica la violencia?
Las situaciones de pobreza y pobreza extrema pueden ser un detonante, pero no determinan la violencia. Porque la violencia no solo se expresa en familias pobres. La violencia también se de en familias acomodadas y en la clase media. En esos sectores, se expresa de muchas maneras, pero también se oculta mejor.
Ahora, en las familias acomodadas la violencia puede adoptar otras formas. Por ejemplo, el abandono. No obstante que podemos dejar a un hijo bien cuidado, con niñera y con todas las comodidades, ese niño se va a sentir solo porque, a lo mejor, el papá trabaja todo el día y la mamá igual. O simplemente los padres tienen un espacio para estar con los amigos, para divertirse, y los chicos se quedan solos.
Claro, el niño puede estar con la computadora, con Internet, con los medios que quiera. Y los padres pensamos que así están seguros. Pero detrás del Internet hay una serie de riesgos. En el fondo, no les estamos dando a los niños y adolescentes las herramientas adecuadas para fortalecerse, para forjar una personalidad y elevar su autoestima.
Ese chico se cría en una situación de abandono y el producto final es un niño con baja autoestima, que se va a sentir rechazado, o un niño muy violento que trasladará esa violencia a otros espacios.

Hay lecturas que ponen la carga en la familia: “Los padres no han sabido educar a sus hijos”. O la ponen en el maestro: “Ese maestro no sabe enseñar a sus alumnos”. ¿Cuál es la labor del Estado?
La misión que tiene el Estado como garante de los derechos del niño es fundamental. El problema es que a pesar de los esfuerzos realizados, aún no logramos tener en el país un sistema de protección real de los niños, niñas y adolescentes.
Nuestro Código del Niño, Niña y Adolescente habla del “sistema de protección a los niños”. Igual, el Plan Nacional de Acción por la Infancia y la Adolescencia tiene un conjunto de metas emblemáticas relacionadas con el desarrollo integral que va desde la primera infancia hasta los 18 años.
Una meta emblemática en el Plan dice: “En el Perú no se maltrata a los niños, niñas y adolescentes”. Ojo que una meta emblemática en el Plan Nacional es algo que rige al país en materia de infancia y adolescencia hasta el años 2021 y que debe cumplirse. Sin embargo, vemos que todos los días, a pesar de esa meta emblemática, nuestros niños son castigados físicamente, abusados sexualmente y violentados.
Más aun, está por aprobarse un nuevo Código del Niño en el Congreso y estamos sumamente preocupados porque ese texto violenta derechos muy importantes.
Por ejemplo, el Nuevo Código no usa el lenguaje inclusivo. Tampoco está colocando de una manera expresa la prohibición del castigo físico y humillante. Y si bien habla de la violencia contra los niños, lo hace de una manera general.
Pensamos que dada la situación del país, donde se castiga a los niños hasta causarles la muerte –como ese niñito recientemente asesinado por el padrastro–, el Código debe responder en específico a esas situaciones y establecer que los padres que pegan a sus hijos tendrán que recibir una sanción drástica.
¿Qué es lo que pasa? Como muchos padres consideran a sus hijos “objetos” y no “sujetos de derecho”, entonces los tratan como cosas de las que pueden disponer en cualquier momento: si quieren les pegan, si quieren los insultan, si quieren los encierran.
Y, lógicamente, eso lo hacen no solo una vez sino en forma reiterada. Al final, vamos a generar como producto un niño violento, porque ese niño solo conoció violencia.
Esa es una preocupación respecto al nuevo Código. La otra es que en el país tenemos muchos problemas de embarazo adolescente. Sin embargo, el Código no hace una mención explícita en el sentido de que los adolescentes, a partir de los 14 años, pueden tener el control de su salud sexual y reproductiva.
En el dictamen de la anterior Comisión Revisora del Código, que presidía el congresista Eguren, eso ya estaba en el informe final que fue producto de cuatro años de trabajo coordinado entre el Estado, las organizaciones, los congresistas y otros actores sociales. Sin embargo, cuando la propuesta entró a la Comisión de Justicia, el proyecto fue totalmente modificado.
Otro tema que no se puede comprender es que el Código elimine la participación de los niños. El Plan Nacional de Acción por la Infancia y la Adolescencia señala que deben existir los consejos consultivos de niños, niñas y adolescentes, porque ellos tienen derecho a opinar en los temas que les competen, a nivel del gobierno nacional, regional y local.
Ya tenemos varios consejos consultivos formados, sin embargo, el nuevo dictamen del Código los desconoce y solo acepta la participación del niño en la escuela y en la familia, con el permiso de sus padres. Es decir, el niño puede opinar solo con autorización de los padres. ¿De qué estamos hablando, si tenemos miles de padres que son dictadores? ¿Cómo un niño, para poder hablar, va a tener que pedirle autorización a ese dictador?

Aceptando que existe un problema de salud mental, ¿por qué no fijar la atención también en los padres? ¿Quién nos atiende?
Evidentemente, hay una responsabilidad del Estado y del conjunto de la sociedad. Siempre pensamos que uno, porque es adulto, debe saber educar a sus hijos. Pero eso no es siempre así.
No es que yo, como padre, quiera ser malo. Pero sí debe haber una preocupación no solo por los niños sino por formar a las familias, por acercarnos a ellas e involucrarnos en los procesos que permitan mejorar el sistema de relaciones entre padres, impulsar una mejor comunicación entre ellos. El diálogo en la pareja es sumamente importante, pero la pareja tiene que saber dialogar y comunicarse.
Entendemos que el estrés que se produce en las familias, las tensiones del trabajo, las preocupaciones económicas, son algunos mecanismos que hacen que muchas veces los padres estén en continua situación de tensión. Pero los hijos no tienen por qué pagar los platos rotos.
Allí creo que hay una responsabilidad pendiente para ayudar a los padres, formarlos, trabajar con las familias. Deberían crearse programas del Estado que incidan mucho en el trabajo con la familia, en impulsar la formación en valores.
Pero no es solo la familia sino también el cambio de modelos y concepciones. Porque si desde muy pequeñito enseño al niño a competir en términos individualistas, y si todo el tiempo vamos diciéndole “Tú tienes que ser el mejor, el mejor de todos”, ¿qué podemos esperar en el futuro?

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