| Elizabeth Evans. |
Con una mirada economicista, diversos analistas y “opinólogos” achacan todos los males de la educación a la carencia de un presupuesto adecuado. Tienen razón solo en parte. Mi madre, que fue maestra de primaria por más de treinta años, considera que uno de los mayores problemas en la escuela es la pérdida de autoridad por parte del docente. “Al pobre maestro, ahora por cualquier cosa lo acusan de maltrato, autoritarismo y hasta de acoso sexual. ¿Qué es eso? ¿Se puede trabajar así?”, se pregunta con asombro a sus 79 años.
Otros observadores avivan el debate culpando a los medios de comunicación, por sus contenidos alienantes, y a Internet por instalar como “técnica de estudio” el cada vez más famoso “copia y pega”. En este contexto, la destacada educadora e investigadora Elizabeth Evans, integrante de Foro Educativo, reflexiona sobre el futuro de la escuela, las nuevas habilidades y competencias exigibles a los maestros y la necesidad de establecer lazos más próximos y sólidos entre docentes, alumnos y padres de familia.
La influencia de los medios de comunicación y las TIC es cada vez más notoria en la formación del estudiante. En ese contexto, ¿cuál es el futuro de la escuela?
Las tecnologías de la información y la comunicación –las famosas TIC– y los medios de comunicación están copando mucho de lo que antes era campo exclusivo del docente.
Años atrás, el maestro era el único que sabía todo y lo transmitía a sus alumnos. Hoy, el docente tiene que convertirse en un mediador del aprendizaje, mediador entre las culturas, mediador en los conflictos en la escuela y la comunidad. Entonces, tenemos que saber asimilar esos nuevos roles diferentes que nos está tocando jugar. Tenemos que prepararnos para hacer frente a ese nuevo contexto.
Estamos en otra época, no es la misma que la que nos tocó vivir cuando nosotros fuimos al colegio. Ahora a los docentes se nos exige otro comportamiento y otra sensibilidad. Y tenemos que prepararnos para ello.
¿El maestro está capacitado para esos nuevos roles?
El sistema educativo tiene que saber elegir a las personas que van a llegar a la docencia. Y es indispensable que exista una evaluación no solo de conocimientos sino de sensibilidades y disposiciones para trabajar en educación.
El docente es una persona que debe tener nexos afectivos y sociales con los alumnos, los padres y la comunidad. Ese es el tipo de personalidad que hace falta para ejercer la docencia con diferentes roles.
Se nos exige ahora un nuevo tipo de liderazgo en la comunidad: un docente que sea también un buen ciudadano, alguien capaz de dar ejemplo de ciudadanía y ayudar a que los jóvenes crezcan en la escuela, que es una especie de “microsociedad” que les enseña a contribuir con el bienestar de los demás.
Su enfoque de la educación considera una prioridad mejorar la relación entre el docente y el padre de familia. ¿Por qué?
Mientras los docentes no nos sintamos cómplices de los padres de familia en la formación integral de los niños, las niñas y los jóvenes, vamos a perder el tiempo en pequeñeces.
En realidad, lo que tendríamos que hacer es entendernos, comprender que estamos en una misma tarea, tratando de sacar adelante a los alumnos sin contraponernos a los padres de familia.
Experiencias concretas ilustran mejor lo que es posible hacer: cuando los docentes llegan a entender que tienen que trabajar como aliados de los padres de familia y que necesitan un acercamiento para conocer su mundo, su cultura y sus tradiciones, consiguen que esos padres se sientan personas importantes dentro del proceso de desarrollo de sus hijos.
Es cierto que también se da la situación inversa, en que padres de familia piensan que con solo llevar a sus hijos al colegio ya están depositando en los docentes toda la responsabilidad de la educación y, por lo tanto, se abstraen de aspectos centrales en la formación de esos niños y adolescentes, y se alejan de asuntos que ellos mismos tendrían que asumir.
Entonces, la mejor manera es ponernos de acuerdo, conversar.
¿Cómo propicia la escuela esas alianzas?
Los padres tendrían que acercarse al colegio no solo porque los llaman para pintar el aula y arreglar las carpetas, sino para entender la psicología de los niños, cómo aprenden, cuándo están más contentos, cómo hay que darles cariño y qué representa el cariño para esos pequeños en diferentes momentos de su vida. Por eso, son tan necesarias las escuelas de padres.
El tema de los afectos y sentimientos es sumamente importante en el proceso educativo; es un factor que nos acerca y nos hace sentir que tanto la familia como los docentes estamos igualmente interesados en el desarrollo de los chicos.
A la vez, creo que hay otros aspectos que también han de considerarse. Por ejemplo, los padres tienen un mundo de conocimientos y experiencias que son válidas para incorporarlas a la enseñanza en el colegio. He visto de cerca que cuando los docentes los invitan al aula y los hacen sentir que elementos de su cultura, sus tradiciones, sus historias, las cosas que ellos hacían en sus pueblos, tienen sentido en el proceso educativo de sus hijos, todo eso hace que ellos se sientan importantes y corresponsables en la educación.
Hay diferentes estrategias que, obviamente, aún no están sistematizadas ni presentadas, pero que sirven para hacer notar a los docentes que “escuela” y “familia” no pertenecen a dos mundos separados.
¿Esa alianza debería funcionar también con la comunidad?
Sí, por supuesto. Un aspecto que merece resaltarse es que, cada vez más, los docentes viven en la localidad donde funciona el colegio o en zonas cercanas. De modo que los maestros deberían sentirse más cerca de la gente para hacer planteamientos conjuntos sobre cómo mejorar tanto la escuela como la propia comunidad.
Por motivos diversos, el docente ha perdido autoridad en el aula. ¿Cómo recomponer esa relación docente-alumno-padre?
Creo que todo comienza por la confianza que logremos establecer. Cuando llegamos al aula o a cualquier otro espacjo como personas extrañas y ponemos límites y paredes entre nosotros, establecemos relaciones enfermizas.
Lo que tenemos que hacer es bajar la guardia y presentarnos como seres humanos, con intereses y preocupaciones, dialogar de una manera abierta, tanto con los alumnos como con los padres.
El maestro no pierde autoridad cuando conoce a sus alumnos y trata de acercarse a la problemática del joven. Al contrario, gana mucho porque ese joven necesita el apoyo de personas adultas que sepan establecerle algún tipo de exigencia para que se supere.
Ocurre también que, a veces, algunos padres están recelosos respecto a la posibilidad de que un profesor maltrate a sus hijos…
Entonces, hay que llegar a ciertos acuerdos: ¿cuáles son las normas establecidas en el colegio?, ¿cómo deben tratarse los alumnos, entre ellos?, ¿cuál es el trato hacia el profesor?, ¿cómo se trata a los padres? Si establecemos al inicio del año escolar estos criterios o normas de relacionamiento social entre nosotros, las cosas pueden funcionar más fácilmente que si nos tratamos como extraños y nos hacemos sentir que estamos a ambos lados de una línea de frontera que impide acercamientos reales.
Cuando todos nos damos cuenta de que nuestra meta es caminar juntos, vamos por buen camino. Lo mejor es aprender unos de otros. Así, aprendemos a respetarnos y valorarnos.
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